Sabores y colores

Gracias a un clima muy marcado, la naturaleza japonesa se viste de diferentes colores en las distintas estaciones: el rosa de los cerezos en primavera, el verde brillante de los arrozales y los bambús en verano, el rojo de los arces y el amarillo de los ginkgos en otoño y el blanco de la nieve en invierno. Así, los visitantes que viajen de nuevo a Japón pueden admirar los magníficos paisajes siempre renovados. Pero estos cambios de color y de ambiente no se limitan a los espacios naturales, sino que toda la sociedad japonesa se va adaptando a las estaciones.

Aquí, sin duda más que en otras partes, el clima marca el ritmo de la vida y las conversaciones, y ejerce su influencia en la inspiración artística y literaria. Las cartas por ejemplo, ya sean oficiales o privadas, comienzan siempre con una alusión al tiempo y a la estación.

Estas referencias son a menudo usadas por los presentadores de televisión en el inicio de los programas. Tanto la televisión como los periódicos informan en dos momentos del año sobre un tema que no deja de sorprender: el estado de la floración de los cerezos en abril y el color de las hojas de los arces en octubre.

Para un país que se declara a la vanguardia de la modernidad y la alta tecnología, puede parecer sorprendente que se esté tan pendiente de la evolución diaria de estos fenómenos, después de todo absolutamente naturales y previsibles. Pero lejos de ser pintoresco o anecdótico, estos acontecimientos marcan el devenir del año y forman parte de las buenas noticias, son una oportunidad de admirar la belleza y de estar conectados a los flujos a la vez cambiantes e inmutables del tiempo.

Hace unos años, el director del servicio nacional de meteorología japonés presentó su dimisión debido a un error de unos pocos días en la estimación de la floración de los cerezos. Esto puede parecer increíble, pero refleja la importancia acordada a los ritmos de las estaciones, así como los enormes intereses económicos inherentes, ya que la población se desplaza en masa para disfrutar de los más bellos lugares con cerezos en flor (o con arces en otoño).

De hecho, el cambio de colores que acompaña a las estaciones parece aplicarse a todas las actividades. En los escaparates de las tiendas, por ejemplo, lo normal es que se cambien en esos momentos como parte de las estrategias de marketing más elementales. Y sorprende constatar que muchos productos, incluso los más triviales, cambian sus envases. Lluvia de flores de ciruelos en las bolsas de dulces en primavera, paquetes de patatas con explosión de fuegos artificiales en verano, latas de cerveza adornadas con hojas de otoño, copos de nieve en las botellas de agua mineral en invierno, etc . Eso sin contar los productos puramente estacionales.

El entusiasmo no sólo por los envases, sino también por los sabores adaptados a las estaciones, es tan fuerte que las marcas de comida internacional se adaptan y desarrollan productos en exclusiva para Japón.

Así que usted no encontrará en ninguna otra parte Pepsi al pepino helado (verano de 2007) o Kit Kat con sabor a flor de cerezo (en primavera). Si tiene ocasión, vaya a admirar la sección de dulces de los supermercados en invierno, y más concretamente en enero: es el festival de la fresa, todo es de color fresa, caramelos, galletas, yogures y todo lo que se pueda imaginar. Y sí, en esta perfecta planificación de las estaciones a veces hay anomalías, y el hecho de que el invierno sea la temporada de la fresa lo demuestra. Una hipótesis es que el "pastel de Navidad" en Japón es un bizcocho con crema y fresas, con colores blanco y rojo como los de Papá Noel (recordemos que la Navidad es una importación reciente y no tiene ningún significado religioso en el país). O simplemente que esto responde a las decoraciones de año nuevo, donde dominan el rojo chillón y el blanco.

Aparte de algunos "errores" como éste, una característica que marca el paso de las estaciones en Japón es la comida. No se comen los mismos platos ni los mismos alimentos en verano y en invierno, los gustos y los colores se adaptan al momento. Por lo tanto, para disfrutar de los diferentes aspectos de la gastronomía japonesa hay que viajar en las distintas estaciones.

Por ejemplo, en primavera, el plato tradicional de la fiesta de las Muñecas es el chirashi-zushi, un arroz avinagrado con guarnición de suaves tonos de amarillo, rosa y verde, que recuerda el despertar de la naturaleza. En verano es el momento de presentar los alimentos frescos sobre una base de hielo o en vajilla de bambú. Pero he aquí el otoño y sus deliciosas setas, platos decorados con representaciones de hojas muertas para simbolizar el momijigari, la búsqueda de las hojas más hermosas, o incluso los oden que anuncian la llegada del frío. Y en invierno, nada mejor que un reconstituyente nabe para hacer frente a las heladas. Por supuesto, algunos alimentos superan la frontera de las estaciones y se consumen durante todo el año. Pero son alimentos cotidianos que no ofrecen el placer expresado en el consumo de productos de temporada. También hay sutiles diferencias. Por ejemplo en el sushi, tan asociado a la idea de la cocina japonesa, el pescado varía en función de su disponibilidad o de su gusto particular en determinado momento del año.

Sabores, colores... a pesar de su modernismo, Japón ha mantenido un profundo apego al transcurso natural del tiempo. Respetar de ese modo la naturaleza, ¿no es el primer paso para protegerla?

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