Del cabo Soya al cabo Sata (1)

Por François Sichet

Salida: terminal norte

 No sé si Japón sigue formando parte del programa de las clases de geografía del instituto. Pero tuve la suerte de tener que recitar la lista de las cuatro principales islas del archipiélago. Ya, en la letanía, "Kyushu, Shikoku, Honshu, Hokkaido", destaca la gran isla del norte. Más tarde supe que, para los japoneses, esta conquista tardía es también un mundo aparte. Y cuando ya había viajado por todo el país, al descubrir la región por primera vez, comprendí rápidamente por qué.

El cabo Soya, el punto más septentrional del país, decepciona un poco. Es demasiado plano y no encaja con la imagen que uno tiene de un cabo. Un lugar para visitar rápidamente y hacerse una foto ante el monumento piramidal. Le ponemos el sello a nuestra libreta de viajes y seguimos el camino... Sin embargo, la cercana ciudad de Wakkanai cumple perfectamente su función de fin del mundo, donde todo se reivindica como "el punto más al norte de Japón". En el andén de la pequeña estación, un cartel marca el final de las líneas de ferrocarriles japoneses. En el muelle de los ferries, se observan a la izquierda las islas Rishiri y Rebun, paraíso de los senderistas. Y más a la izquierda Sakhalin, un nombre tan frío que su sola lectura (ya sea en japonés o cirílico) basta para apretarse más la bufanda. La ciudad se extiende a lo largo de una bahía que bien podría estar en Islandia o en Chile. La construcción es básicamente "funcional" e incluso en verano la arquitectura recuerda al invierno. Un cangrejo rojo enorme anuncia el mercado de pescado. Los cangrejos de los puestos son solo un poco más pequeños y tienden sus pinzas hacia las billeteras. Comparten el papel de estrella en los menús de los restaurantes locales con los erizos de mar. ¡Aquí, la gastronomía pica y pellizca!

Una vez pasado el campo de molinos de viento que da una idea de lo que sopla el viento por estos parajes, el paisaje cambia completamente. Ando por el humedal de Sarebetsu, rodeado de flores amarillas y vigilado continuamente por la perfecta silueta del volcán Rishiri. Es como el dibujo de un niño. El color verde domina todo el paisaje: pastos, bosques, colinas cubiertas de una vegetación tan densa que forma una gruesa piel. Esparcidas por el paisaje, las manchas de color rojo y azul de los techos abovedados de las granjas son sin duda puntos de referencia muy útiles cuando la nieve lo cubre todo. Me detengo a petición de una familia que quiere que los fotografíe ante un rebaño de vacas... como verdaderos parisinos. "Somos de Kyushu, me dicen, por eso...". Por eso, no lo entiendo en el momento, pero lo comprendo rapidamente al ver las postales de una pequeña tienda de Toyotomi. Se ven vacas, patatas... Me di cuenta entonces de lo exótico que era aquello para los japoneses del sur.

Cuanto más avanzo en mi periplo a pie, más denso se hace el bosque y cubre los relieves cada vez más marcados. Un bosque espeso que parece impenetrable. Los cultivos se acaban bruscamente. Dos mundos paralelos, tan distintos. A veces es el bosque el que viene a mi encuentro. Me cruzo con un zorro poco salvaje. Y con varios ciervos de penacho blanco en las nalgas, que huyen con unos saltos muy cómicos.

Los paisajes recuerdan a América del Norte. Los pájaros con trinos melódicos, dignos de aparecer en un documental sobre el Amazonas, garantizan el ambiente sonoro. Los pueblos que se encuentran a lo largo de la ruta están formados por algunas casas simples, tiendas obsoletas que recuerdan cuán lejos estamos de Harajuku... Estos lugares no son sin duda los más bellos de Japón - no tienen edificios antiguos. Sin embargo, cualquier pequeña parcela libre está cultivada y florecida. Ramos de iris multicolores se codean con hileras impecables de cultivos de hortalizas. Aunque a partir de Bifuka aparezcan varias arrozales (donde las garzas parecen bailar), el "pan nacional" está lejos de ocupar todo el espacio. En los valles rodeados de relieves boscosos, las flores invaden las cunetas y los prados. Por todas partes aparecen cascadas y miradores, un pretexto excelente para las excursiones familiares. Las granjas anuncian en carteles lo que producen: flores, calabazas, espárragos, leche, melón... Una hermosa cesta para formar parte de alguno de los numerosos programas de cocina que llenan las pantallas japonesas. En los campos, en que la variedad del paisaje embellece el ambiente, todavía se trabaja de forma manual. Las mujeres, a menudo mayores, aran, cavan, recolectan, con sus grandes sombreros de ala enorme en la cabeza. Las bicicletas y las cestas de picnic esperan al borde del camino, siempre custodiadas por dos o tres enormes cuervos. El saludo que nos dan al pasar, el olor a cebollas frescas, los pescadores adormecidos, los escolares que regresan del colegio a lo largo de los diques... todas esas escenas algo olvidadas en nuestra tierra, atrapan.

¡Pero cuán dura debe ser la vida en invierno en estas tierras de temperaturas extremas! La ciudad de Bifuka lo ha convertido en un símbolo. En todas las tiendas exhiben con orgullo la diferencia de temperatura anual del lugar: de -41,5 grados en invierno a +36 grados en verano. Los primeros son una invitación para frecuentar los innumerables onsen que se visitan en familia, llevando bajo el brazo una canasta con toalla, jabón y esponja.

Camino solo o casi solo por carreteras secundarias. Estos pequeños ejes atraviesan zonas cultivadas en que las curvas de los surcos forman relieves. Huellas sobre el barro dejadas por la noche en el camino, atestiguan el paso de zorros, ciervos y tal vez lobos. La imaginación y las señales de advertencia hacen que se añadan osos a la lista. Por la tarde llego a aldeas y pequeñas ciudades cuyos nombres desconocía hasta el día anterior. Observo cómo terminan la jornada: escolares con uniforme por todas partes, abuelas dobladas volviendo de hacer la compra, comerciales de paso buscando una cama. Toda esta gente me orienta con amabilidad hacia un ryokan o un minshuku donde, ya lo sé, me sentiré encantado por la acogida sonriente, la sana curiosidad, el colchón blandito y el delicioso desayuno (pescado, miso, nato y, la región obliga, espárragos).

La tristeza de los trazados con escuadra y cartabón (como a todos los europeos, me parece aburrido) típica de la región, se compensa con toques de diseño urbano para hacer la vida más cómoda, incluso divertida. No hay castillos ni antiguas residencias de samurai como en el resto del país. Así que toca inventar alguna "historia" en torno a un símbolo, una especialidad local. Cada ciudad tiene por tanto su logotipo que se encuentra en las señales de tráfico, los carteles administrativos, las tiendas y los souvenirs. Toyotomi tiene sus flores. Horonobe tiene sus renos. Bifuka tiene su esturión. Luego vienen las ovejas de Shibetsu, el tomate de Wassamu, la fresa de Pippu... Aprendo mucho así antes de llegar a Asahikawa, la segunda ciudad de la isla, hogar de Inoue Yasushi, el escritor de los sentimientos y las epopeyas históricas. Fluorescentes, animación y todos los ingredientes (que adoro) de la ciudad japonesa están presentes. En Asahikawa está Asahi, el nombre de una cerveza, de un periódico y de otras muchas cosas... pero sobre todo el del punto culminante de Hokkaido, la montaña alrededor de la cual se encuentra el parque nacional más grande del país. La ciudad es su puerta de entrada. Llamo. Continuará...

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